Terça en Lisboa
Esta vez la ruta programada comenzaba comprando el bono de transporte para ir hasta la Estación de Oriente (obra de Santiago Calatrava) y el recinto que albergó la Expo 98, ahora denominado Parque das Nações. El crisol de razas visto en el metro contrasta con el blanco- cangrejo predominante de los turistas que abarrotan el recinto. Aprovecho el paso por la estación para comprar el billete de autobús por 47 euros que me lleve de vuelta a Coruña.
Abandono la estación y el centro comercial próximo para comenzar mi recorrido en dos partes por el Parque das Nações. Sigue siendo moderno pero empieza a acusar el paso del tiempo. Llama la atención el “mar” de la orilla de color verdoso que con el poco caudal, forma una especie de arenas movedizas de aspecto desagradable.
Desecho la posibilidad de ir al Oceanário en parte por el precio y también porque si aún no he ido al Aquarium de mi ciudad no tiene sentido visitar otros. Entro en el Pabellón Atlántico, sede de la ciencia y el conocimiento donde también decido no entrar al museo pero me permito la licencia de aceptar ver mi correo en los puestos de internet gratuitos.
Las nubes matutinas eran esperanzadoras pero el cielo se despejó en el momento más inoportuno cuando estoy a media hora caminando de la sombra más próxima y sin protección solar ni gorra de ningún tipo, el sol pega con fuerza pero la suave brisa lo mitiga.
El regreso al punto de origen es el idóneo para entrar al centro comercial a comprar la comida que saborear en una sombra cercana. Esa pausa de media hora me prepara para el segundo paseo por el recinto que me llevará hasta las cercanías del espectacular Puente Vasco de Gama tras pasar la Torre del mismo nombre. Dos horas caminando entre ir y volver, a la ida bajo el sol y la brisa del mar y a la vuelta siguiendo la sombra de los múltiples jardines que bordean el paseo. Paso por el centro comercial y me compro un libro en portugués de textos y letras de Jose Afonso.
Estoy reventado y casi quemado (pero eso no lo sabré hasta llegar al hotel y verme en el espejo), son las ocho, hora precisa para poner rumbo al hotel. Otra vez baño reparador y un poco de música. Luego bajo en busca de otro vegetariano donde cenar y llego a una calle desierta donde veo tirados unos tenis, cartones, una gorra y parte de una camisa, lo siguiente no es un pantalón si no un gran charco de sangre que me quita el moreno de golpe y me hace abandonar el lugar sin encontrar el restaurante, repitiendo cena en el “Megavega” de ayer.
Abandono la estación y el centro comercial próximo para comenzar mi recorrido en dos partes por el Parque das Nações. Sigue siendo moderno pero empieza a acusar el paso del tiempo. Llama la atención el “mar” de la orilla de color verdoso que con el poco caudal, forma una especie de arenas movedizas de aspecto desagradable.
Desecho la posibilidad de ir al Oceanário en parte por el precio y también porque si aún no he ido al Aquarium de mi ciudad no tiene sentido visitar otros. Entro en el Pabellón Atlántico, sede de la ciencia y el conocimiento donde también decido no entrar al museo pero me permito la licencia de aceptar ver mi correo en los puestos de internet gratuitos.
Las nubes matutinas eran esperanzadoras pero el cielo se despejó en el momento más inoportuno cuando estoy a media hora caminando de la sombra más próxima y sin protección solar ni gorra de ningún tipo, el sol pega con fuerza pero la suave brisa lo mitiga.
El regreso al punto de origen es el idóneo para entrar al centro comercial a comprar la comida que saborear en una sombra cercana. Esa pausa de media hora me prepara para el segundo paseo por el recinto que me llevará hasta las cercanías del espectacular Puente Vasco de Gama tras pasar la Torre del mismo nombre. Dos horas caminando entre ir y volver, a la ida bajo el sol y la brisa del mar y a la vuelta siguiendo la sombra de los múltiples jardines que bordean el paseo. Paso por el centro comercial y me compro un libro en portugués de textos y letras de Jose Afonso.
Estoy reventado y casi quemado (pero eso no lo sabré hasta llegar al hotel y verme en el espejo), son las ocho, hora precisa para poner rumbo al hotel. Otra vez baño reparador y un poco de música. Luego bajo en busca de otro vegetariano donde cenar y llego a una calle desierta donde veo tirados unos tenis, cartones, una gorra y parte de una camisa, lo siguiente no es un pantalón si no un gran charco de sangre que me quita el moreno de golpe y me hace abandonar el lugar sin encontrar el restaurante, repitiendo cena en el “Megavega” de ayer.
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